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ISSN: 2244-8519        Año 2 No. 3: Septiembre - Diciembre 2013

LA GENERACIÓN DE VIOLENCIA DESDE LA COTIDIANIDAD EN EL ENTORNO EDUCATIVO: ¿REALIDAD O FICCIÓN?

violencia




Autor: Msc. Oswaldo Fernández

 

 

CASO: UNIDAD EDUCATIVA NACIONAL “VÍCTOR A. HERNÁNDEZ” DEL MUNICIPIO ZAMORA DEL ESTADO ARAGUA.

Epítome

Venezuela está viviendo transformaciones socio-culturales y educativas, que han cuestionado las conductas de los estudiantes, por los significados y vivencias de la violencia como realidad cotidiana y la forma como son expresadas en la sociedad. Los estudiantes y los escenarios educativos están muy vulnerables a estas situaciones de violencia. Por tal razón se realizó una Investigación, en la Unidad Educativa Nacional “Víctor A. Hernández” del Municipio Zamora del Estado Aragua, enmarcada dentro del paradigma post positivista bajo el enfoque cualitativo y el método etnográfico, con el fin de Interpretar como es la vivencia de la cotidianidad en la comunidad, entorno sociocultural, como también la visión de los miembros de las comunidades educativa sobre las diferentes manifestaciones de violencia y describiendo, desde los actores investigados, la cultura de violencia estudiantil que desde la cotidianidad se presenta en la Unidad Educativa se aplicaron entrevistas semi estructurada con observación participantes, luego de efectuada las entrevista se procesó la información obtenida a través de registros mecánicos ,luego de esto se categorizo y se estructuro, además se aplicó una triangulación metodológica que luego se contractaron ,y se entrelazaron, arrojando como resultados pistas y camino de una realidad

Lazos: Profesores, alumnos, violencia, entorno sociocultural, cotidianidad.

Nuestros días se encuentran lleno de violencia que, la mayoría de las veces pasan totalmente desapercibidas. Son situaciones que describo como, en las que hay que estar pilas, que no se reseñan en la prensa, pues no son noticias y se consideran normales o algo que nos hizo coger rabia, que puede ser asombrosamente pasajera, pero que, asimismo puede desencadenar eventos mas graves. A esto se le conoce como pequeñas violencias. Visto todo esto me sumerjo sobre la violencia en el ámbito educativo para nadie es un secreto que a diario se sucedan comportamientos violentos en las instituciones educativas que está preocupando seriamente a todos los miembros de las comunidades educativas del país. Se hace necesario abordar en primer lugar, el significado de lo que es violencia. 

El tema de la violencia se a convertido en algo cotidiano, no hay espacio en los que no se produzca hechos violentos de distintas naturalezas y así esta presente en todos los ordenes de la vida humana. La escuela, entendida tradicionalmente como un lugar donde muchachos y muchachas aprenden valores, forma una relación sana con sus compañeros y compañeras, no escapan de este flagelo. En muchos centros educativos se puede vivir la violencia, pero es muy posible que no se trabaje sobre sus expresiones y consecuencias ya que poco a poco se ha ido naturalizando y por ello no se promueva a la reflexión sobre este fenómeno. De hecho, suele no reconocerse su existencia y cuando se reflexiona sobre ella, es escaso el tiempo que se le dedica.

Es por eso que, los escenarios educativos, no escapan de esta realidad y logran atraer la atención pública, causando lo que hoy día se ha dado en denominar una “alarma social”, constituyéndose la violencia en otra problemática a la que deben enfrentarse docentes y directivos y que arranca desde profundas raíces sociales, por lo común se piensa que la violencia en la escuela es solo un par de estudiantes gritándose insultos o dándose golpes. Sin embargo, la realidad ha mostrado que la violencia en los escenarios educativos tiene múltiples formas, ya que intervienen y forman parte de ella múltiples factores y actores, con roles intercambiables en el tiempo por motivos diversos es decir en cualquier caso, los educadores son cada vez más conscientes de la envergadura del tema; se sabe que, para comenzar, debe plantearse en positivo, es decir, no se trata tanto de qué se hace para enfrentar los casos de violencia.

Cabe señalar que mi investigación parte de la problemática que genera la cotidianidad y su vinculación con la violencia estudiantil, que se suscita, en la unidad educativa Nacional “Víctor A. Hernández” del Municipio Zamora, este fenómeno parece ser que su incidencia es menor, pero empiezan a detectarse, cada vez más, manifestaciones preocupantes que son, sin lugar a dudas consecuencias de la crisis social, cultural y familiar generada por el modelo. El reconocimiento de la complejidad de la violencia que se vive en esa institución es un punto partida que se admite. La violencia estudiantil no pueda ser considerada un átomo o una expresión independiente al margen de la violencia que en general se produce y da cuenta en esa comunidad. Al contrario, como expresión particular de esta violencia general está enraizada en esta última, sin embargo, obviar su particularidad invisibilizaría aspectos constituyentes de la singular dinámica, estructuración y manifestación propios de este contexto. Esta institución antes descrita, La violencia, particularmente en el municipio Zamora, comienza a adquirir presencia en tanto tema de investigación a partir de la década de los noventas asociado al desarrollo de los temas juventud, pobreza y al análisis acerca de las consecuencias perversas del proceso de modernización. No obstante, las investigaciones y los análisis sobre el fenómeno son aun muy precarios y las respuestas educativas son igualmente distintas. No se puede afirmar que exista un buen paradigma conceptual desde el cual interpretar, en toda su dimensión, la naturaleza psicológica y social del problema.

La falta de datos concretos por parte de las instituciones formales de educación a pesar del reconocimiento que muchos de éstas hacen sobre la magnitud y relevancia del tema, me abrió camino a la búsqueda de nuevos conocimientos que permitieran dar respuestas adecuadas a una de las más importantes preocupaciones que hoy por hoy tiene las instituciones educativas. Reconociendo que dicho fenómeno no ha sido suficientemente analizado, en particular desde la perspectiva cualitativa, de esta manera, mi núcleo temático surgió entonces con el interés de estudiar el fenómeno de la cotidianidad y la violencia estudiantil, buscando conocer las representaciones sociales que sobre violencia elaboran estudiantes y docentes, ya que la conducta de los estudiantes de esta institución aparece centrando en el significado de violento y agresivo. Y la causalidad de lo significado como violento o agresivo son externos a la institución. Ya que su estructura en torno a la representación de la violencia, se relaciona con otros de igual forma a través de variadas formas que se evidencia actualmente en el entorno comunitario de la institución como amenazas, burlas, peleas, drogas, delincuencia, vocabulario, entre otras, esto, les a otorgado poder, y a incrementado su autoestima, validándolos en su medio social permitiéndoles ganar un espacio, un status, dentro de los significados y sentidos que le dan dentro del contexto de la violencia.

Cabe acotar que, los estudiantes que hacen vida en la unidad educativa Nacional “Víctor A. Hernández” del Municipio Zamora, desde la óptica externa de mi visión como protagonista de la vida diaria en esa comunidad, veo con claridad, que la institución y particularmente los profesores son también responsables de episodios de violencia (cuando incentivan la competencia, maltrato verbal, el no escucharlos o tomarlos en cuenta) frente a los cuales no hay una respuesta institucional como no la hay frente a la violencia de la cual ellos se sienten actores. Es por eso que dentro de este escenario educativo, la violencia tiene una connotación negativa no sólo individual sino además colectiva. Vale destacar la encrucijada que los jóvenes de este contexto enfrentan pues expresarse y relacionarse con violencia tiene significaciones contrapuestas pues por un lado está legitimado culturalmente en tanto es una forma importante de validación pero por otro a la violencia le atribuyen una connotación negativa. 

Entre los diversos fenómenos de violencia susceptibles de producirse en el ámbito educativo, se decidió centrar la atención de manera fundamental, aunque no exclusiva, en aquellos que tienen por actores y víctimas a los propios alumnos dentro de su cotidianidad, que son reiterados y no ocasionales y que rompen la simetría que debe existir en las relaciones entre iguales generando o favoreciendo procesos de victimización.

Este tipo de violencia, que resulta estar presente de manera constante en nuestros escenarios estudiantiles, suele ser mal conocida, cuando no, ignorada, por los adultos, hasta el extremo de que sus formas menos intensas, ciertos insultos, los de índoles ofensivos, la exclusión de juegos y tareas, gozan de no aceptación social, sí de un grado de permisividad e indiferencia desconocedor de las negativas consecuencias que estas conductas pueden llegar a tener en quienes las realizan y las padecen, y de que en ellas está, probablemente, el germen de otras conductas antisociales posteriores.

Referirse a la violencia cotidiana en el ámbito educativo, plantea una enorme ambivalencia: en primer lugar, porque su uso generalizado, amplio, sin especificaciones ni precisiones ha llevado a vaciarla de contenido por dos vías: su consideración de que muchos fenómenos sociales e individuales, en el campo de lo humano, imperfectible y corregible son violencia.

Reconstruir los sentidos de las violencias en la instituciones educativas, desde la mirada de los actores es una tarea compleja y necesaria porque existe una lucha simbólica en el interior del espacio estudiantil para caracterizar la violencia y poder diferenciarla de la no violencia, responsabilizando a individuos, grupos, normas, cultura, currículo entre otros, de sus brotes y consecuencias. Para abordar las violencias en la instituciones educativas, como objeto de estudio desde el campo de la investigación es preciso considerar las condiciones teóricas y empíricas que hagan posible identificar las representaciones sociales de los docentes directivos, y alumnos, interpretando la construcción de sus sentidos y dando cuenta de las funciones sociales que cumple, porque hay que aprender a distinguir las violencias interpretadas en el lenguaje cotidiano de la escuela, y las violencias desde la teoría social. 
En segundo lugar, porque la violencia es una problemática escasamente trabajada en la institución educativa, por lo cual no se reconoce su existencia, no se reflexiona sobre ella ni se le articulan explicativa, comprensiva y propositivamente los procesos, actividades e interacciones escolares. Entonces, así como no todo lo que sucede en la institución educativa es violencia, tampoco puede pensarse que allí no pasa nada violento. Desde esta perspectiva la violencia puede ser entendida como una respuesta o un emergente de la sociedad actual y sus problemáticas: cambios sociales, desigualdad, exclusión y alienación de los sujetos que a su vez produjeron o dieron lugar a redefiniciones de las relaciones sociales y por supuesto del papel de los sujetos sociales en esta sociedad. 
Esto no quiere decir que se reduzca la violencia a la exclusión sino comprender que la violencia en la institución educativa sólo puede ser aprehendida en situaciones de fragmentación y profundas desigualdades.

Decir que la violencia forma parte de nuestra cotidianidad puede parecer exagerado y paradójicamente, al mismo tiempo resultar lugar común. Precisamente esa cotidianidad nos impide algunas veces reconocerla, aunque sea ejercida contra nosotros mismo, o seamos nosotros ejecutores por lo que solo una mirada desde afuera, desde la otra orilla, por efecto, quizás, de algún otro que nos alerte, nos permita ver su cara oculta.

Es por eso, que cualquier hecho, gesto o palabra que se considere violento dependerá, con mucho, de quien lo realice, así como el espacio, el momento histórico y la cultura donde se desarrolle, porque la violencia consigue siempre muchas formas de expresarse e incluso, de legitimarse. Debe entonces realizarse, una especie de disección social, para observar desde allí que esas formas de expresión de la violencia se ramifican en una trama tan amplia que pareciera no tener fin. En efecto, unas de las mayores dificultades a las que se enfrenta todo aquel que hace violencia su objeto de estudio y podría agregar, a quien la sufre, si la estudio desde el punto de vista ínter subjetivo, es el hecho de que, al igual como sucede con la mayoría de las situaciones que las personas enfrentan su cotidianidad, no existe una versión de un evento, sino tantas versiones como observadores y productores de este.

En este sentido, repensar la manera como estudiar y reflexionar sobre la violencia. En cuanto a la subjetividad puedo decir que la subjetividad es lo inevitable del ser humano, sus necesidades biológicas y espirituales básicas, que como valores humanos universales se transforman en derechos humanos y en productos culturales, relaciones sociales, formas de intercambio, en una palabra, es la significación simbólica de lo viven ciado y vivido por el sujeto como ciudadano en un espacio vital y en un momento histórico de su vida.

Ahora me quiero referir, a la cotidianidad, como el conjunto de prácticas diarias e interacciones que realizan los seres humanos en su vida diaria, es decir, en el hogar, en el trabajo, en la comunidad, en los espacios de circulación y tránsito y por supuesto en los escenarios educativos. imposible hablar de cotidianidad, sin referirme a la espacialidad y temporalidad como dos coordenadas básicas de la vida cotidiana, la existencia de los seres humanos se cristaliza en espacios geográficos humanizados, es decir, en espacios de vida, entonces la cotidianidad son espacios de vida, como lugar donde se despliegan las prácticas cotidianas de la ciudadanía, estos espacios de vida, están cargados de significado y simbolismo por la subjetividad colectiva de los ciudadanos y la cultura, constituyéndose en espacios vividos. Cotidianidad son espacios de vida y subjetividad son espacios vividos, cargados de significación simbólica. De la aparente simplicidad de la cotidianidad y subjetividad en la que nos desenvolvemos los seres humanos si nos detenemos a reflexionar sobre estas dos situaciones, podemos develar su gran complejidad, a la hora de situarnos en la significación de la violencia desde la cotidianidad y subjetividad de cada uno de nosotros.

Es de hacer notar que al margen de las violencias delictivas, objetivadas en tasas de criminalidad y delincuencia, existe una violencia difusa, menos visible, no siempre asumida como tal. Esta violencia la podría calificar, como violencia cotidiana, se manifiesta en los comportamientos, en la manera de relacionarse, en el habla, en fin en unas series de conductas de tipo individual que se realizan socialmente.

Me atrevo a señalar que las pequeñas manifestaciones de violencias forman parte de un complejo tejido que podría denominarse grandes violencias: preocupado, pensando en mis problemas, voy en carro o moto, abuso de la corneta y soy capaz de tirárselo encima a otro porque no le correspondía pasar, o a cualquier inoportuno transeúnte que se atreva a pasar la calle cuando no debía. Así también, no soy mala persona, pero no permito que nadie me falte el respeto, aunque soy incapaz de responder los buenos días de alguien si no estoy de humor o no me cae bien, ofrezco golpes a quien sea para que aprenda a respetar y maldigo y me burlo de quienes tienen distintas preferencias políticas, sexuales, estéticas, entre otras. Cabe señalar que a menudo, coloco a todo el volumen el equipo de sonido porque estoy en mi casa y en mi casa hago lo que me de la gana, sin preocuparme si el ruido afecta a los vecinos. No me gusta cierta gente, pero les tengo paciencia y desprestigio a la ligera cuando quiero, pues no soy hipócrita y me gusta las cosas clara; muevo algunas palancas aunque eso implique pasar por encima de otros, para no hacer cola o hago uso de privilegios auto infligido, en detrimento de otros, porque soy mejor que toda esa gente. El tema de la violencia se a convertido en algo cotidiano, no hay espacio en los que no se produzca hechos violentos de distintas naturalezas y así esta presente en todos los ordenes de la vida humana. La escuela, entendida tradicionalmente como un lugar donde muchachos y muchachas aprenden valores, forma una relación sana con sus compañeros y compañeras, no escapan de este flagelo. En muchos centros educativos se puede vivir la violencia, pero es muy posible que no se trabaje sobre sus expresiones y consecuencias ya que poco a poco se ha ido naturalizando y por ello no se promueva a la reflexión sobre este fenómeno. De hecho, suele no reconocerse su existencia y cuando se reflexiona sobre ella, es escaso el tiempo que se le dedica.

Es por eso que, los escenarios educativos, no escapan de esta realidad y logran atraer la atención pública, causando lo que hoy día se ha dado en denominar una “alarma social”, constituyéndose la violencia en otra problemática a la que deben enfrentarse docentes y directivos y que arranca desde profundas raíces sociales, por lo común se piensa que la violencia en la escuela es solo un par de estudiantes gritándose insultos o dándose golpes. Sin embargo, la realidad ha mostrado que la violencia en los escenarios educativos tiene múltiples formas, ya que intervienen y forman parte de ella múltiples factores y actores, con roles intercambiables en el tiempo por motivos diversos es decir en cualquier caso, los educadores son cada vez más conscientes de la envergadura del tema.

La violencia escolar según Machado (2010) no es un problema que se manifiesta solo en los sitios apartados de las instituciones educativas (calles o plazas públicas), esta se representa en todos los espacios y en las zonas aledañas. Muchos de los hechos ocurren dentro del salón de clases que en muchos casos pasan (inadvertidos o ignorados), en los pasillos, baños, el patio de recreo, o la puerta principal de la institución (p.45).

Es de destacar, también la visión de la complejidad, posibilita comprender la violencia como relación social. La violencia es un modo de convivir, un estilo relacional que surge y se estabiliza en una red de conversaciones que hace posible y conserva el emocionar que la constituye, y en la que las conductas violentas se viven como algo natural que no se ve, la violencia y la agresión son modos de relación propios de un espacio psíquico que valida la negación del otro frente a cualquier desacuerdo desde la autoridad, la razón o la fuerza.

Las formas de violencia, se percibe como foco ordenador de la lógica de coerción social, como efectividad o virtualidad nunca olvidada, o como principio operatorio de las relaciones, el ejercicio de la violencia física. Tenemos, entonces, el recurso a la fuerza y la aplicación de la coerción, física y simbólica, como pertenecientes a las relaciones sociales de violencia. La práctica de la violencia se va a inserir en una red de dominaciones, de varios tipos, clase, género, raza, edad, por categoría social, o la violencia simbólica, que resultan en la fabricación de una tela de exclusiones sobrepuestas. Así encontramos que las violencias dentro de la comunidad estudiantil son de diferentes tipos, su expresión es múltiple, con diferentes intencionalidades y mediaciones. La conducta agresora por lo que indica Machado (2010): Es atribuible exclusivamente a un género en particular. En ella están implicados alumnos y alumnas, aunque ciertamente la tendencia mayor es que sean los de los sexos masculinos quienes se involucren en situaciones de violencia. También son ellos, con mayor frecuencia, victimas de las agresiones”. (p.36).

La violencia de genero entre el alumnado muchas veces pasa inadvertido o es solapada por otras formas de violencia y, aunque guarda relación con los patrones de violencia general entre pares, posee elementos propios. La falsa concepción de la inferioridad de las niñas o adolescentes es uno de los factores de la violencia estudiantil. El proceso escala progresivamente en actos de agresión verbal, humillación publica, tocarlas sin su permiso con claras intenciones sexuales, hasta llegar a la agresión propiamente física. No suele ser violada esporádica; si se presenta una vez y no es detenida la espiral, los hechos van en aumento. Muchas de estas conductas están ligadas a concepciones clasistas y a los imaginarios de belleza construidos alrededor de las mujeres.

En ciertos casos, docentes y personal directivos omiten o minimizan insinuaciones sexuales agresivas e inadecuadas de los alumnos hacia los alumnas (frases como: son cosas de muchachos) y, si eso se añade ausencia de sanción adecuada, se deja un mensaje claro para ambos grupos del alumnado: para los varones, que la violencia contra ellas es algo aceptable y que la violencia masculina es algo normal. Para ellas, que ese tipo de violencia es algo natural.
Asimismo, hay violencia estudiantil ejercida desde la institución escolar. En ella, alumnos y alumnas aprenden comportamientos socialmente asignados por la condición sexual. Desde el personal docente, directivo y administrativo, se utilizan palabras especificadas, modulaciones de la voz, gestos y énfasis, modos de relaciones físicas, acentos en unos contenidos diferenciados, valoraciones sobre las capacidades intelectuales de acuerdo a los roles que se atribuyen a unas y otras. De este modo se produce también el sistema jerárquico de división de género. También se han dado casos en que los docentes, abusando de su posición frente alumnos y alumnas, les ofrecen calificaciones más altas a cambio de favores sexuales.

Pero la institución estudiantil también utiliza textos que hacen énfasis en la exaltación de las figuras masculinas e invisibilizan la acción de las mujeres. Las mujeres pasan a un segundo plano, bajo la sombra de las figuras masculinas. El conjunto de estos elementos, y algunas más, contribuye al reforzamiento de la construcción social de una identidad femenina desvalorizada, en la que se interioriza la supuesta inferioridad en relación al género masculino o la construcción social vigente de masculinidad. Así se prolongan las relaciones de dominio sumisión no solo en la escuela o liceo, sino en la sociedad toda.

La pre adolescencia y la adolescencia indica Machado (2010):”son etapas en que se experimentan cambios de todo tipo: biológicos, hormonales, corporales, relacionales, sociales, psicológicos y, por supuesto, afectivo”. (p.39). En esta última dimensión comienzan a diversificarse y acentuarse los intereses afectivos. Los jóvenes buscan otras personas para relacionarse afectivamente. Los nuevos objetos afectivos son ahora extra familiares y si bien es una afectividad muy rica, es también muy inestable.

En consultas a estudiantes se ha encontrado que las peleas por novias o novios son frecuentes. En una etapa en la que se comienza a conocerse un poco más a si mismo y con pocas herramientas para conocer a las otras personas son frecuentes las relaciones de poca duración o en caso contrario fijaciones afectivas.

En los casos de fijaciones afectivas, el otro polo de la relación es percibido como una propiedad privada que no puede ser compartida con otras personas y, en los casos se produce la ruptura de la relación, no se acepta con facilidad. Además, en muchos de esos casos se ha producido, también, un proceso de dependencia afectiva. De allí que se produzcan enfrentamientos verbales y físicos, o que se desacredite a la otra persona o se atente contar ella al evaluar que una tercera persona le ha quitado su objeto efectivo.

De igual forma, De freitas (2010), ha considerado las consecuencias que puede traer sobre el desarrollo y la calidad de la educación, estudiar en ambientes violento:
En situaciones de alta tensión. La concentración se hace difícil. La necesidad de estar alerta ante posibles agresiones de diversos tipos, demanda energías y atención al entorno que se presenta hostil. Todo ello distrae la atención sobre lo que es fundamental la construcción y apropiación de conocimientos, habilidades y destrezas para la vida. (p.67).

Ante situaciones de violencia permanente, cotidiana y multidimensional, toda la comunidad educativa se afecta emocionalmente. Esto trae pérdidas de interés en la formación escolar, impulsa la deserción y se convierte en un factor más de las repitencia estudiantil.

En todo caso, el desenlace no es nada deseable: interrupción del proceso formal de aprendizaje del alumno. Por otro lado los docentes se ven, a su vez, distraídos de sus labores primordiales pues deben intervenir en situaciones recurrentes de violencia entre los alumnos, ya sea dentro del salón de clases o en los pasillos, patio de recreo o a las puertas del centro educativo. Tiempo valioso que debería dedicarse al proceso de aprendizaje. En otros casos, los mismos docentes permanecen alertas ante situaciones en la que la agresión los amenaza a ellos o a la institución estudiantil.

Otra consecuencia es la perdida de interés y motivación por parte de los docentes para buscar innovaciones pedagógicas y didácticas. Aunado a ello, también se produce un desestimulo para el necesario crecimiento profesional. Múltiples experiencias han mostrado que clases aburridas son causas de indisciplina y de conductas disruptivas. Los docentes que muestran preocupación por el alumnado suele ser creativos, desarrollan sus clases de manera dinámica y cercana y, por lo general, no se le presenta serios problemas de disciplina y, los que surgen, los resuelve con mayor facilidad. Es necesario resaltar la calidad educativa, pues es una condición indispensable para crear un ambiente propicio para el proceso enseñanza- aprendizaje para la adquisición de herramientas, destrezas y valores que contribuyan a la creación de climas que favorezcan una convivencia más humana.

Si bien es cierto, existe una amplia discusión acerca de los medios de comunicación como parte causal de la violencia que afecta nuestra ciudades, con un gran abanico de opiniones a favor y en contra, se puede destacar el hecho de que las mayoría de las veces en las que la televisión, la prensa y algunas revistas dedicadas a resaltar noticias sobre hechos violentos estos se presentan con gran lujo de detalles, de tal manera que la violencia se convierta en “objeto vendible”, que, paradójicamente, no solo banaliza, sino que termina insensibilizando a la población ante este tipo de hachos, insertándola en el día a día de las personas, una vez de contribuir a erradicarla.

Así mismo, gran parte de la programación televisiva, termina difundiendo conductas violentas y generando modelos, valores y técnicas alrededor del hecho delictivo. Mientras los espacios de socialización de las instituciones tradicionales, como la escuela, el hogar, y la vida pública comunitaria han ido perdiendo fuerza, la televisión ha pasado a convertirse en el escenario de socialización más importante para los niños, niñas y adolescentes, por el tiempo que se le dedica a recrearse con esta.

Aunque pueda parecer exagerado, la televisión se ha convertido en un espacio de socialización más importante que la propia escuela. Basta con un sencillo calculo anual para observas que cualquier niño o adolescente pasa mas horas viendo televisión que en la escuela, expuesto no solamente a valores estéticos y de consumo totalmente ajenos a su realidad, sino también a muchas horas de violencia, presentada la mayoría de las veces de forma “realista” y repetida, pero, asimismo, sin ser castigada ni cuestionada.

La gran paradoja de esto, es que, ante la imposibilidad de recreación en el espacio publico tradicional por la inseguridad urbana o simplemente por la ausencia de dichos espacios, preferimos que nuestros niños y jóvenes se “distraigan” viendo televisión, la mayoría de las veces sin supervisión adulta; estos se encuentran expuestos a todo tipo de violencia que termina siendo no solo “virtual”, sino un modelos a seguir. 

En general, la situación de la familia es compleja. Se puede decir que existe la posibilidad de consenso con respecto a aceptar su importancia como recurso de sobrevivencia humana y social, formadora de de personalidades, propiciadora de valores, como soporte de la tradición y de la cultura; también pudiera existir coincidencia al verla necesaria en toda sociedad, como estructura fundamental mínima; también se acepta que la misma debe servir de instancia para el dialogo, para la participación, pues es vista como experiencia primigenia de humanismo.

Sin embargo, así como hay factores que propician estos aspectos, pudiera decirse que existen otros que realmente impiden que esto ocurra. Es conveniente potenciar lo mejor de la familia, sea cual sea el modelo en el que se encuentre cada quien, a fin de estimular el surgimiento del modelo familiar capaz de entusiasmar a generaciones presentes y futuras. Urge la presencia de modelos de familia donde haya espacio para la paz, para la solidaridad, para el dialogo, para la honestidad y la confianza para la toma compartida de decisiones. En ambientes propicios, sin duda alguna, se presentan semillas de la nueva familias, forjadora de la sociedad planetaria de esta y próximos milenios.

La corresponsabilidad establecida en la constitución bolivariana de Venezuela, en torno a la vinculación de la familia, la sociedad y el Estado, con el objeto de garantizar a los niños y las niñas un desarrollo armónico e integral y el ejercicio pleno de sus derechos, parte por reconocer a la familia, como el primer escenario de desarrollo de los niños y niñas en su articulo setenta y cinco (75). En tal sentido, es en ese núcleo donde se inician los procesos de socialización y participación; se construyen los primeros vínculos, relaciones afectivas, sus aprendizajes y sus comportamientos responden a las prácticas de crianza de sus hogares y comunidades de donde provienen; de esta forma cuando el niño o niña y su familia se encuentran con el/la docente en la institución educativa o en los espacios comunitarios, comparten sus historias de vida, su cultura, sus expectativas.

En este contexto es importante resaltar que la cultura refleja los patrones de crianza, las creencias y las prácticas cotidianas de los adultos significativos y las instituciones con las cuales el niño y la niña tienen contacto. Las familias según Barreras (2008):”Poseen un conjunto de creencias y expectativas acerca de las maneras en que sus hijos e hijas se desarrollan y aprenden, que son determinantes en las actuaciones de crianza, que a su vez afectan el desarrollo infantil”. (p.45).

Por estas razones, es necesario partir del entorno cultural en el cual se encuentran los niños y niñas. Cuando se trabaja en los ambientes familiares, es importante tomar en cuenta los factores que influyen en los patrones de crianza, lo que justifica cualquier esfuerzo que se haga para orientar y fomentar la participación del padre, la madre, familiares (abuelos, tíos, hermanos mayores) y otros adultos significativos en la educación de los niños y niñas. De esta forma el escenario educativo, contribuye con la socialización de la niña y el niño, participando en su proceso de vida para que tengan oportunidades de adquirir patrones sociales y culturales que les permitan integrarse y transformar a la sociedad en la que viven y se desarrollan.

A través de este proceso se adquieren los patrones básicos de relación entre los que cabe destacar: la identidad (auto concepto, género, pertenencia de grupo y nación), el apego, el autocontrol, la cooperación y la solidaridad, la aceptación, la afiliación, la amistad, la apropiación de la cultura propia y la diversificación de las relaciones sociales. La adecuada socialización del niño y la niña es uno de los más importantes resultados que la sociedad exige de la familia y de la educación y se va construyendo a través de las relaciones que establece con sus familiares, con otras personas y con un entorno educativo y social favorable. Mediante este proceso el niño y la niña internalizan normas, pautas, hábitos, actitudes, valores que rigen la convivencia social.

No es una exageración decir que no hay un escenario educativo en donde no se presente el fenómeno. Pero debe reconocerse que en algunas comunidades estudiantiles, las manifestaciones son mayores que en otros. Las diferentes manifestaciones de violencia es decir, las violencias afectan los vínculos sociales y pedagógico, y con ello, los procesos básicos de enseñar, convivir y aprender. Dar respuestas a esto pasa por responder una respuesta una pregunta básica: ¿Qué escenario educativo queremos?

Cabe señalar lo que, Los efectos de violencia dejan no solo en el individuo, sino en las familias, en las propias comunidades, muchas veces se escapan de todo cálculo posible. La violencia desestructura las familias, deja viudas, huérfanos, muertos, lesionados personas con discapacidades que pueden ser permanentes, traumas difíciles de superar; acarrea además costos económicos y sociales muy altos para la familias y los estados. Una gran parte del gasto en salud en los países latinoamericanos debe ser dedicado a las victimas directas o indirectas de la violencia.

Es por eso que, frente a problemas y situaciones tan complejas, y cotidianas, no existen recetas ni soluciones; sin embargo, si existen pista y caminos por donde transitar colectivamente en la construcción de alternativas a la violencia. La utilización cotidiana que hacemos sobre la palabra a veces resultar confusa, pues se utiliza como si fuera sinónimo. Queremos hacer una distinción para comenzar a entender de un modo mas afinado el problema de las violencias dentro de la comunidad.

La violencia estudiantil es un fenómeno real, complejo, multifacético, el cual está presente en los diversos ámbitos de la vida social. No existe un concepto absoluto de violencia estudiantil. En este andar juntos no sobra nadie, todos tenemos un lugar, porque todos de un modo u otro estamos involucrados. No se trata, pues de un recetario para aplicar de manera indiscriminada en cada escenario educativo. Se trata, más bien, de iniciar la intervención contra la violencia desde la realidad concreta de cada centro.

Por consiguiente, estas pistas no sustituyen el conocimiento de la realidad concreta de cada centro ni la creatividad de cada miembro. Es necesario recalcar que si queremos que las medidas tomadas tengan mayores posibilidades de éxito, deben involucrar de manera activa y participativa a todas las personas dentro de la comunidad estudiantil.

Hay que tomar conciencia del problema. Debemos asumir que en nuestro escenario estudiantil, se expresan varias formas de violencia. Debemos evitar esconder el problema, sus causas y sus manifestaciones. No debe ocultarse ni evadirlo sino afrontarlo. Pero además, debemos reconocer que este grave problema se ha desarrollado y nos ha encontrado sin las herramientas necesarias para asumirlo.

Es necesario conversar con el problema, buscar ayudas institucionales (publicas y privadas), establecer alianzas apropiadas y ensayar caminos. Las expulsiones, y medidas indisciplinarías de corte autoritario son expresión fehaciente de la ausencia de herramienta y estrategias para enfrentar el tema. Hay que tomar en cuentas de cada tipo de violencia hay que tratar de focalizar acciones que permitan abordar el problema de un modo mas preciso. Cada caso comporta medidas apropiadas que probablemente son buenas en ese caso y no en otros.

Es por eso que, construir un sistema de convivencia estudiantil democrática y participativa, en el que se puedan acordar normas claras, procedimientos justos y sanciones graduales. Tal sistema debe estar enmarcado en un proceso de construcción colectiva, democrática, dinámica y flexible. Así, puede modificarse atendiendo a los cambios que experimentan las relaciones en la comunidad estudiantil.

El sistema puede contribuir a la detección temprana de una serie de conductas discriminatorias o abusivas; así como a prevenir actos hostilidad y violencia para lograr más armonía, bienestar y aprendizaje. Al crear un ambiente estudiantil agradable, se crean condiciones para una mayor motivación para el ejercicio educativo y por tanto aprendizajes más significativos. Con ello se contribuye a eliminar a factores de deserción estudiantil y frustración profesional.

Construir colectivamente normas de convivencia significa mostrar valores, ponerlos bien claro ante todos. Privilegiara los valores que permiten que el alumno no perciba la normativa como un intento de control de los adultos ya que si el alumno percibe imposición de control, se rebelara.

Es por eso que ayudar en este proceso a fomentar el sentido de pertenencia entre la comunidad, la escuela y la familia; crear actividades extracurriculares donde se fortalezcan los valores de respeto mutuo y valoración de la diversidad. Igualmente, es apropiado activar las escuelas para padres, Ello ayuda a examinar las practicas acertadas, quienes las llevan a cabo, en que momento. Es la mejor forma de estar atento al pulso de la vida estudiantil. Y ver las cosas como un espacio de encuentro y diálogo contribuyendo, a su vez, con dinámicas organizacionales de socialización, consideramos que los espacios educativos tiene capacitad de instituir y construir subjetividades abriendo escenarios para la reflexión y análisis del porqué de las violencias y cómo pueden ser abordadas por las instituciones educativas.

Por consiguiente, las prácticas “no son conscientes” por parte de los agentes educativos, ya que producen subjetividades que pueden ser moldeadas en sentido productivo hacia el mejoramiento de acciones no violentas en los escenarios estudiantiles. Entender la lógica de las violencias en los estudiantes, nos permitirá generar estrategias de restitución inclusiva y democrática que oriente a la comunidad estudiantil en la prevención de nuevos modos cotidianos de violencia.


REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS

Barrera, F. (2008). Familia, Modelo, y Perspectiva. Sypal, ediciones Quirón. Caracas.
Constitución de la República Bolivariana de Venezuela. Gaceta Oficial Nº 5.453 Extraordinaria del 24 de Marzo del 2.000. Caracas. Venezuela
De Freitas, J. (2010).Reconocer las violencias para no reproducirlas. Centro Gumilla. Venezuela.
Machado, J. (2010).Escuela sin violencias. Centro Gumilla. Venezuela
La Vida Cotidiana. Revista Universitaria de Investigación y diálogo académico, vol. 5